Christine Hope Art

Hasta que los astros se apaguen

¿Puede el amor trascender las barreras del tiempo y la distancia?

Hace miles de milenios, dos jóvenes de una pequeña aldea se profesaban el amor mas apasionado y sincero. Fue tan extraordinario que en el cielo quedó grabada la leyenda de su amor.  

En un remoto poblado vivía la mujer más hermosa que jamás el norte había conocido. A través de los grandes reinos y pequeñas aldeas que se extendían por las llanuras, bosques y montañas, corría la voz de que su piel era más bella que el oro blanco y sus ojos más azules que el topacio. Su cabello, rubio platino, era un reflejo de la luz misma. Además de su extraordinaria belleza, poseía el corazón más puro y bondadoso; los aldeanos decían que tenía luz propia. Por su belleza y su luz, la llamaron Selene.

Selene estaba enamorada de Damián, un apuesto joven de cabellos dorados, de porte regio y rostro angelical. A pesar de su apariencia celestial, Damián también tenía la dureza y la fuerza de un hombre forjado por la tierra misma. Su amor por ella era profundo y verdadero, y juntos irradiaban una pasión y una conexión que trascendían lo terrenal. Los aldeanos veían en ellos una pareja destinada a cambiar el curso de su historia, un amor que inspiraba a todos a su alrededor.

La fama de la belleza de Selene y la nobleza de Damián se extendió rápidamente, atrayendo la atención no solo de los aldeanos, sino también de figuras poderosas y envidiosas. Entre ellos se encontraba Juvart, un noble, hechicero temido y respetado, cuyo corazón oscuro se vio consumido por la envidia y el deseo de poseer lo que no podía tener. Así, mientras el amor de Selene y Damián florecía, también lo hacía la sombra de la amenaza que los acechaba.  

Juvart deseaba el amor de Selene y envidiaba a Damián por tenerlo. Cegado por los celos, quiso hacerla suya y evitar que cualquier otro hombre pudiera tenerla. Era un hombre temible, no solo intimaba con la magia negra, sino que conocía mejor que nadie cómo funcionaban las cortes. Con los años, había tejido una red de espías que lo mantenían informado de hasta los secretos mejor guardados. Sus influencias llegaban tan lejos que era capaz de conseguir al asesino más temido o de manipular al noble más justo. Su astucia le había proporcionado grandes riquezas, dejando un reguero de cadáveres a su paso, hechos que jamás le habían quitado el sueño. El poder era su ambición, y poseer todo aquello que deseara, sin importar el precio, su único objetivo.

Los padres de Selene la amaban profundamente y no querían condenarla a una vida sin amor. Sin embargo, sabían que el hechicero podía ser cruel. Aterrados por la idea de un matrimonio con el déspota hechicero, rogaron a Damián que huyera con su hija. Con gran pesar, los padres de Selene confiaron en que el amor verdadero podría salvarla de la oscura sombra de Juvart.

Al caer la noche, junto a un lago a las afueras de la aldea, la pareja se unió en espíritu en una breve pero profunda ceremonia. Con las provisiones que habían preparado, emprendieron su huida. Juvart, loco y poseído por su obsesión con la joven, no tardó en percatarse de la fuga. Montado en cólera, ordenó una búsqueda exhaustiva, incluso en los rincones más oscuros del infierno, decretando que no quedara piedra sin levantar. Fueron muchas las búsquedas fallidas y los terribles castigos que infligió en su frustración. La aldea nunca había sido testigo de una magia tan oscura.

Selene y Damián huyeron sin descanso, evitando los caminos y las grandes aldeas. En su interior, ambos dudaban de lograr escapar de las garras del perverso hechicero, y por eso vivían cada día como si fuera el último de su libertad, conscientes de que en cualquier momento podrían ser capturados.

Tal como temían, en una pequeña aldea fueron finalmente capturados y llevados de vuelta ante el gran hechicero. El destino de Damián era proteger a su amada, y sentía que había fracasado.

En el gran salón, postrados ante el hechicero, la joven rogó piedad por su amado. Juvart se acercó a ella y le levantó ligeramente la barbilla.

—Sé mía y seré benévolo con el castigo del muchacho. Niégate, mi señora, y sufrirá el triste destino de los traidores, como tus padres. 

Selene ahogó el llanto y dejó que las lágrimas cayeran en silencio por sus mejillas. En ese instante, sentía como el peso del mundo se desplomaba sobre sus hombros. Su corazón, lleno de amor por Damián, se desgarraba ante la cruel elección que Juvart le imponía. Miró a su amado, y al ver su rostro lleno de determinación y desesperación, sintió una mezcla de impotencia y rabia.

El brillo en los ojos de Damián, que siempre le había brindado consuelo y fuerza, ahora reflejaba el dolor y la lucha interna que él mismo experimentaba. Se sacudió e intentó resistirse y luchar, pero Selene sabía que la fuerza bruta no podría librarlos de las garras del hechicero. 

Su mente se debatía entre la desesperación y la esperanza. Recordó los momentos compartidos con Damián, los sueños y promesas de un futuro juntos. La idea de perderlo para siempre era insoportable. Sin embargo, sabía que ceder a las demandas de Juvart significaba traicionar ese amor puro y sincero que los unía. Sería una derrota aún mayor que la muerte misma. 

Con cada lágrima, Selene sentía que su espíritu se fortalecía. A pesar de la amenaza, sabía que su amor por Damián era indomable, un amor que ni la magia más oscura podría quebrantar. En su interior, una resolución firme comenzó a tomar forma. No permitiría que Juvart destruyera lo que ella y Damián habían construido, ni siquiera bajo el riesgo de perderlo todo.

—Tendrás que responder rápido, cada vez tengo menos ganas de darle una muerte rápida a tu granjero —amenazó Juvart, con su voz gélida y cortante. 

Selene volvió a mirarlo, y con el dolor y la valentía reflejados en sus ojos, tomó una decisión definitiva. 

—Mi señor, me estáis pidiendo algo que jamás podría daros, algo que nunca ha sido mío. En mi pecho no late mi corazón porque yo ya no lo tengo. No puedo ser vuestra, porque no puedo entregarme, ya que ni a mi misma me pertenezco. Y aunque me arrebatarais a Damián, seguiría sin poder dároslo, pues en ese mismo instante, yo tambien moriría.—

Furioso al comprender que Selene jamás sería suya y movida por los celos, Juvar pensó que la muerte no sería un castigo suficiente. 

Desquiciado, rió para sí mismo y se acercó a ella con una expresión siniestra.

—Si no puedes ser mía, jamás podrás ser de nadie— declaró con una voz cargada de malicia. —No mataré a tu amado ni a ti. La muerte os permitiría estar juntos, y eso es algo que jamás consentiría. Quiero que sufráis el mayor dolor. Desde hoy y hasta el fin de los tiempos podreís veros, pero jamás volvereís a tocaros ni a oíros. Os condeno a vivir eternamente separados. Damián, desde hoy, los hombres te conocerán como «Sol»; iluminarás los días, pero jamás podrás iluminar las noches.— Tras una pausa, su mirada se clavó en los ojos de la joven y con una sonrisa retorcida, continuó.

—Selene, desde hoy los hombres te conocerán como «Luna»; alumbrarás las noches, pero jamás podrás dar luz a los días. Cada anochecer saldrás pero al amanecer desaparecerás.—

Damián luchó con todas sus fuerzas hasta llegar a su amada. Cayó de rodillas a su lado. Mientras ambos empezaban a desvanecerse, apoyó su frente contra la de ella y miró profundamente a los ojos de Selene. Con ternura, sostuvo su rostro entre sus manos, como si intentara detener aquel inevitable desenlace.

—No llores, mi amor. Ni toda la distancia, ni el día ni la noche podrán separarnos. Mi corazón siempre será tuyo y el tuyo siempre será mío. Mientras en el cielo brillen los astros, sabrás que te sigo amando como el primer día. Si alguna vez te roza un rayo de mi luz, sonríe, porque te estaré  mandando un beso.—

Selene, con lágrimas silenciosas cayendo por sus mejillas, sintió una calma profunda y una fuerza renovada. Su amor era su refugio, su fortaleza ante el destino cruel que les había tocado vivir. Acarició suavemente el rostro de Damián, con sus dedos temblorosos pero decididos.

—Damián, todas las noches dejaré caminos de estrellas para que, cuando llegue el día, me encuentres. Porque ni el día ni la noche nos separaran. Esto no es un adiós, sino un «hasta que volvamos a encontrarnos».—

A medida que sus cuerpos se desvanecían en la bruma de la maldición de Juvart, una intensa luz emanó de ambos, entrelazándose en un resplandor celestial. Sus almas, unidas por un amor eterno, ascendieron al firmamento, donde se convirtieron en «Sol» y «Luna», condenados a perseguirse pero nunca encontrarse.

El cielo se iluminó con un brillo nuevo y poderoso, y los aldeanos que observaban desde abajo, sintieron una mezcla de tristeza y asombro. Damián, como Sol, iluminaba los días con una calidez que hablaba de su amor inmortal. Selene, como la Luna, adornaba las noches con su luz suave y plateada, susurrando promesas de eternidad. Los caminos de estrellas que ella dejaba se convertían en constelaciones, guiando los corazones de los enamorados.

La leyenda de Selene y Damián perduró a través de los siglos, un testamento de que el amor verdadero es más fuerte que cualquier maldición. Los amantes que miraban al cielo sabían que, mientras el Sol y la Luna siguieran brillando, el amor triunfaría siempre, mas allá del tiempo y el espacio. En cada rayo de sol, en cada rastro de luz lunar, Selene y Damián enviaban un mensaje de esperanza, recordándonos que, aunque separados por el destino, su amor nunca se apagaría.

Nos leemos pronto, ¡con mucho cariño!

Deja un comentario

Carrito de compra
Scroll al inicio