Christine Hope Art

Todo lo que encontré cuando dejé de alejarme de mí

¿Alguna vez has sentido que te estabas alejando de ti misma sin darte cuenta?

Antes de sentarme a escribir esta nueva entrada del blog, me dio por releer algunas de las que había escrito anteriormente. Y tengo que confesarte algo: mientras las leía sentí una mezcla extraña entre nostalgia, ternura y vértigo.

Ha sido como abrir una pequeña cápsula del tiempo. Como si entre cada entrada siguieran viviendo todas las versiones de mí que han existido hasta llegar aquí.

La forma en la que escribía.
Las cosas que callaba.
La manera en la que intentaba entenderme a través de las palabras.

Incluso he podido notar cómo me aferraba a ciertas ideas, cómo buscaba respuestas o cómo había partes de mí que todavía no se atrevían a ocupar demasiado espacio. Creo que eso fue lo que más me removió. Darme cuenta de cuánto he cambiado sin apenas notarlo. Porque supongo que el tiempo no solo cambia nuestra vida. También cambia nuestra forma de mirar el mundo, de relacionarnos con nosotros mismos e incluso la manera en la que decidimos vivir.

Las cosas que antes tolerábamos.
Las personas con las que nos sentíamos en casa.
Los lugares donde buscábamos refugio.
La forma en la que aprendemos a querernos.
Incluso aquello que entendemos por felicidad.

Y quizá por eso releer todo aquello me removió tanto. Porque me hizo darme cuenta de lo diferente que veo hoy muchas cosas que antes parecían inamovibles. Especialmente este último año.

Siento que desde el verano pasado he vivido una de las etapas más extrañas, intensas y transformadoras de mi vida. Han pasado tantas cosas en tan poco tiempo que hubo días donde honestamente ni siquiera sabía muy bien cómo sentirme. Por un lado estaba todo lo profesional, con cambios constantes, nuevos retos y decisiones que en muchos momentos me dieron vértigo. Algunas cosas empezaron a ir mejor incluso antes de que yo misma fuese capaz de darme cuenta.

Y luego estaba todo lo personal.

Que honestamente… ha sido una etapa dura. Una de esas épocas que te obligan a crecer aunque todavía no te sientas preparada para hacerlo.

Recuerdo días donde me sentaba frente al lienzo con la cabeza completamente llena pero el corazón agotado. Días donde intentaba seguir trabajando, seguir creando, seguir funcionando… mientras por dentro todavía estaba intentando entender muchas cosas. Creo que una de las cosas más bonitas que me llevo de esta etapa es haber descubierto que no siempre tenemos que sostenernos solos. Que incluso los corazones rotos terminan aprendiendo a latir otra vez.

Esta nueva etapa me ha cambiado más de lo que imaginaba. Aunque también tengo que decir que no ha sido un cambio inmediato. Ni siquiera he sido consciente de lo grande que ha sido hasta releer antiguas entradas y reconocerme diferente entre las líneas. No hubo un día concreto donde todo hiciese “clic” de repente. Creo que más bien fue algo silencioso. Pequeños cambios casi imperceptibles. Como esas estaciones que cambian poco a poco y un día, sin darte cuenta, huelen distinto.

Es curioso lo mucho que pueden asustar los nuevos capítulos cuando todavía no sabes quién vas a ser dentro de ellos.

Qué personas caminarán contigo.
Cuáles llegarán solo para enseñarte algo durante un tiempo, antes de irse.
Y cuáles decidirán quedarse incluso cuando ya no seas la misma persona que conocieron al principio.

Porque crecer también tiene algo de duelo.

A veces una parte de nosotros quiere avanzar con ilusión hacia todo lo nuevo que está por venir, mientras otra sigue mirando hacia atrás intentando aferrarse a lo conocido.

A lo seguro.
A las versiones antiguas de nosotros mismos.
A lugares que ya no nos pertenecen pero que todavía nos cuesta soltar.

Y estoy segura de que durante mucho tiempo yo también hice eso. Mirar demasiado hacia atrás. Como si revisando constantemente lo que fui pudiese entender mejor quién tenía que ser ahora.

Pero también he aprendido algo importante: cuando vivimos demasiado tiempo mirando el pasado, terminamos perdiéndonos partes preciosas del presente.

Algo realmente triste. Porque esta nueva etapa no sabía lo mucho que la necesitaba hasta que empecé a vivirla despacio. Empecé a permitirme disfrutar de las pequeñas cosas otra vez.

Las mañanas tranquilas.
El sonido de la lluvia mientras trabajo.
Escuchar música mientras pinto.
La luz entrando por la ventana del estudio al final de la tarde.
Las flores descansando sobre mi escritorio mientras mezclo colores.

La semana pasada alguien me regaló un ramo de margaritas completamente por sorpresa. No sé por qué algo tan simple me emocionó tanto. Quizá porque últimamente estoy aprendiendo a valorar muchísimo más esos pequeños gestos que llegan sin hacer ruido.

Las dejé sobre el escritorio y desde entonces me han acompañado cada día mientras trabajo. A veces levanto la vista del lienzo y ahí siguen. Y me hacen sonreír de esa forma pequeña y un poco tonta que aparece cuando algo nos hace felices de verdad. Supongo que por eso terminé pintándolas. Porque hay inspiraciones que no llegan de manera grandiosa.

A veces la inspiración llega en forma de pequeños gestos.
De momentos tranquilos.
De cosas aparentemente simples que terminan transformando silenciosamente la atmósfera de un día cualquiera.

Y creo que esta nueva etapa se parece bastante a eso. A una forma más tranquila de vivir. Más lenta. Más honesta. Como si después de muchos años intentando sobrevivir, por fin estuviera aprendiendo simplemente a vivir. Y quizá parte de ese cambio también ha venido de darme cuenta de algo que durante muchísimo tiempo confundí. Siempre pensé que ser fuerte significaba endurecerse un poco más cada vez.

Hablar menos.
Sentir menos.
Necesitar menos de los demás.

Como si para sobrevivir hubiese que apagar poco a poco las partes más sensibles de una misma. Y sinceramente… creo que durante años muchas personas hemos vivido así. Intentando parecer fuertes todo el tiempo. Intentando sostenerlo todo solas. Intentando que nadie notase las grietas.

Pero ahora siento que la verdadera fortaleza se parece mucho menos a eso. Y mucho más a seguir siendo sensible sin permitir que el mundo te rompa.

A tener límites sin perder la ternura.
A darte tu lugar sin convertirte en alguien frío para conseguirlo.

Por eso esta nueva etapa me está haciendo sentir tan conectada conmigo misma. Porque ya no siento la necesidad de esconder esas partes más delicadas de mí. Ahora estoy convencida de que no todo lo suave es frágil, aunque muchas veces intenten hacernos creer lo contrario. Existe una forma de fortaleza mucho más silenciosa.

Una que no necesita imponerse.
Ni demostrar constantemente nada.

A veces simplemente permanece. Como las flores que siguen creciendo entre las grietas de un muro o una carretera. Buscando la luz incluso después de la tormenta. Y hay algo profundamente humano en eso.

Porque vivir no siempre consiste en salir intactos de todo lo que nos pasa. A veces consiste simplemente en conservar las ganas de seguir floreciendo a pesar de ello. Nunca había disfrutado tanto de volver a pintar. Y eso es algo que todavía me emociona escribir. Porque durante mucho tiempo sentí que estaba pintando desde la exigencia, desde la presión o desde la necesidad constante de demostrar algo.

Y honestamente… eso resulta agotador. Porque nunca parece suficiente. Y ahora, siento que he vuelto a encontrar esa parte de mí que pintaba simplemente porque no sabía vivir de otra manera. Como cuando era pequeña y podía pasarme horas manchándome las manos de pintura sin preocuparme por nada más.

Solo por la emoción de crear.

Nunca me había sentido tan conectada conmigo misma. Tan en calma dentro de mi propia vida. Como si después de mucho tiempo intentando encontrarme, finalmente hubiese dejado de alejarme de mí.

Echaba de menos escribir. Pero no de la forma rápida en la que escribimos hoy en redes sociales.

No escribir para correr.
No escribir para resumirnos.
No escribir pensando en algoritmos, estadísticas o segundos de atención.

Echaba de menos esto.

Sentarme frente a una página en blanco, con una taza de Cola Cao al lado, música suave sonando de fondo y dejando que las palabras aparezcan cuando están listas para hacerlo. Como cuando era más joven y escribía simplemente porque sentía demasiado por dentro y necesitaba darle un lugar a todo aquello.

Y aunque llevaba muchísimo tiempo queriendo volver, tengo que admitir que me ha costado más sentarme de nuevo a escribir que escribir en sí. A veces volver a aquello que amas también da miedo. Porque significa reencontrarte contigo.

Pero una vez empecé… las palabras comenzaron a salir solas. Como si hubieran estado esperando en silencio todo este tiempo. Lo más bonito de todo esto es darme cuenta de que aquello que tanto tiempo estuve buscando fuera… siempre había estado esperándome dentro de mí.

Solo necesitaba volver a casa.

Por eso siento que, de alguna manera extraña, tranquila y profundamente bonita, vuelvo a tenerlo todo.

Nos leemos pronto, con cariño.

Deja un comentario

Carrito de compra
Scroll al inicio