
¿Alguna vez has sentido que una persona sigue siendo tu mayor inspiración, incluso después de partir?"
Este blog se ha convertido en una terapia para mí; junto con mis obras, me ayuda a sanar esas heridas que llevo en el corazón.
Pensaba en decir que he decidido escribir sobre un tema muy especial, pero creo que no sería la forma correcta de expresarlo. Necesito hablar de un tema muy especial. Vale, así mucho mejor, necesito era la palabra clave. Así que, como dice la canción de David Rees… hoy voy a hablarte de mis héroes, los que me vieron crecer. Solo que, en mi caso, no voy a hablarte de los personajes de las películas de mi infancia. Mis héroes y heroínas no llevan capa, no son perfectos, pero no podría quererlos de otra manera.
Son muchos y hay tantas cosas que me gustaría destacar de ellos que creo que cada uno merece su propia entrada.
El 26 de junio del año pasado perdí a mi abuelo Saturnino, Satur para los amigos, Papá para sus hijos y abuelo para mí. De él puedo destacar tantas cosas que voy a tener que pensar muy bien por cuál empezar. Lo primero que quiero decir es que era una persona maravillosa. Quizás no siempre nos entendíamos, e incluso nuestras opiniones solían chocar, sobre todo cuando yo era más joven. A pesar de nuestras diferencias, siempre supe que me quería incondicionalmente. Aunque, para ser honesta, había días en los que, por mucho que lo supiera en el fondo, no siempre podía verlo claramente. Su paciencia y sabiduría fueron faros que iluminaron muchos de mis momentos oscuros. Si hubierais tenido la oportunidad de conocer a mi abuelo, habríais sido testigos de lo inspirador que era como persona.
Mi abuelo se nos fue muy pronto, pero lo hizo como un auténtico vikingo, luchando valientemente contra un cáncer que apareció de la nada y que, en menos de un año, nos obligó a decirle adiós. Fue un adiós tan brutal para el que no estaba lista, ni yo ni ninguna de las personas que tanto le queríamos y formábamos su familia. Aún había muchas cosas que podía enseñarnos, y mi abuelo lo demostró en aquella cama de hospital, cuando se despidió de nosotros con la mejor cara que pudo poner, a pesar de todo el dolor que estaba sufriendo.

Y aún era capaz de seguir inspirándonos a ser mejores. Se que gracias a él soy mejor, sé que soy trabajadora por el me inspiro, porque me enseño el valor del trabajo y esa fue una de las mayores lecciones. Se que teniendo la posibilidad de ir a universidades y estudiar mil cosas no siempre entendió todas mis decisiones, y no tenía ningún problema en decírmelo. Pero también se, que me apoyaba, que podía contar con su apoyo y que celebraba todos y cada uno de mis logros como si fueran propios, y eso para mí significaba el mundo.
¿Sabéis qué me resulta ahora tan curioso? Que era él quien se sentía agradecido porque hubiéramos estado todos con él el sábado antes de que falleciera, cuando éramos nosotros los que más teníamos que agradecerle. Teníamos que darle las gracias por habernos dado la suerte de que formara parte de nuestras vidas.
Satur era un hombre honrado, trabajador y siempre estaba ahí para su familia. Podrías pensar que, siendo su nieta, es lógico que diga esto, pero es que todos esos valores que él representaba no se fueron con él. Mi abuelo se aseguró de dejárnoslos grabados a fuego.
Mi abuelo había trabajado desde que tenía uso de razón. No había tenido la oportunidad de ir a la universidad ni de disfrutar de todas aquellas oportunidades que se habría merecido. Sin embargo, jamás se quejó de lo que no había tenido. Nunca lo vi lamentándose por lo que podría haber sido y nunca fue. Él era una de las personas más trabajadoras que he conocido, alguien que daba todo lo que tenía y para quien la familia siempre fue lo primero.
Mi abuelo no era de los que decían «te quiero» con frecuencia; las palabras dulces y suaves no eran su fuerte. Pero un «te quiero» suyo valía más que mil de cualquier otra persona, porque cuando él lo decía, lo hacía con el corazón en la mano. No cabía ninguna duda de que lo sentía profundamente. Habría podido ser el protagonista de cualquier novela romántica, porque cuando lo veías con mi abuela, no podías dudar de que el amor verdadero es real. Era capaz de mantener la calma con mi abuela, que es toda una sargenta, discutir con ella y, aun así, siempre volver a quererse como el primer día. Quizás una de las cosas que más echo de menos de él es ese brillo que solo él era capaz de poner en los ojos de mi abuela, quien lo extraña todos los días.
Tardé en comprender que teníamos mentalidades distintas, y que, por mucho que no le convencieran mis decisiones, eso no significaba que me quisiera menos. No debía valorar ni dar tanta importancia a los elogios verbales, porque mi abuelo me demostraba su amor y su apoyo de la mejor manera que sabía: estando ahí cuando más lo necesitaba.
Durante la pandemia, al tener que dejar de ir a las ferias de cómic, no podía quedarme sentada de brazos cruzados. Necesitaba seguir trabajando en ser una mejor profesional, y fue entonces cuando decidí volver a estudiar. Algo que suele resultar carísimo, y en lo que mi abuelo no dudó en apoyarme con todo lo que podía. Mis abuelos solían llamarme para preguntarme cómo iba con mi curso de técnico en psicología, y aunque no entendían ni la mitad de lo que les contaba, siempre me apoyaban.
Una de las anécdotas más divertidas de esa época es que, mientras hablaba con ellos, todo lo que yo le contaba a mi abuela, ella se lo transmitía a mi abuelo con ligeros cambios en la narrativa. Yo intentaba explicarles que mi sueño era poder dedicarme a la arteterapia y así poder ayudar a otros a través de la pintura. Por lo tanto, imaginaos mi sorpresa cuando me llamó mi tía informándome de que le habían dicho que ahora iba a ser médico.
Creo que eso me hizo pensar mucho. No siempre me entendían, no comprendían del todo lo que quería hacer, pero siempre intentaban comprenderlo y, sin duda, me apoyaban.
Así que, si pudiera volver a hablar con él, le daría las gracias porque ahora estoy un paso más cerca de conseguir mis sueños, y gran parte se lo debo a él. Mi abuelo, mi héroe de carne y hueso. Sin capa, pero sin duda, mucho más valiente y real.
Gracias, abuelo, por enseñarme lo que es el esfuerzo y la constancia. Por mostrarme que el amor verdadero existe y que la familia siempre debe estar en primer lugar. Gracias por cada lección silenciosa, por cada acto de amor no pronunciado, pero profundamente sentido. Gracias por ser el faro que me guía incluso en tu ausencia, por inculcarme la importancia de trabajar duro y nunca rendirme.
Tu fortaleza y tu sabiduría me han dado el coraje para perseguir mis sueños, a pesar de las dudas y los desafíos. Aunque no siempre comprendí tus métodos, ahora sé que cada gesto tuyo, cada sacrificio, fue una muestra de tu amor incondicional.
Te extraño todos los días, pero llevo conmigo en cada paso que doy. Gracias por ser mi ejemplo de integridad y dedicación, por ser el pilar sobre el que he construido mi vida y mis aspiraciones.
A ti, abuelo, mi eterno agradecimiento y amor. Porque sin ti, no sería la persona que soy hoy.
Nos leemos pronto, ¡con mucho cariño!
